Sobre los hábitos posesivos de los felinos domésticos
Mortymer se despertó unos 15 minutos antes que la
alarma y tardó, como siempre desde que se mudara, en darse cuenta de donde
estaba.
Despertaba desorientado, sin reconocer el lugar y le
tomaba largos minutos el reconocer la habitación porque claramente no era la
que había tenido sus últimos años de vida.
Pero no fue así esta vez, sintió el peso cálido del
gato casi al lado su cara y sus patas a milímetros de su rostro. Ambos, felino
y sidhe, descubrieron lo desagradable que podía ser que el tullido fuese despertado
de esa forma.
Hubo gritos, movimiento de sábanas y tras una serie de
gruñidos y gritos de uno y otro lado, el sidhe terminó sentado de un lado de la
cama y el gato de la otra separados por la almohada y la ropa de cama como un
pequeño muro de tela, respirando con fuerza y con los ojos clavados el uno en
el otro.
Bien, era un sidhe y en su apariencia féerica era
imposible que fuera realmente horrendo. Aún
con las cicatrices resultaba un poco más apuesto que el promedio y aunque la
cara no le acompañara demasiado, el cuerpo delgado y algo atlético, era
bastante atractivo. Aun así, no le costó mirar a otro lado y lavarse la cara
con una pata en el mejor gesto de desprecio felino posible.
Él por su parte, intentó tranquilizarse mientras el
corazón dejaba de palpitarle por el susto. Era solo un puto gato, tampoco
merecía la pena que se aterrara de esa forma. Pero estaba molesto, no
necesitaba un maldito bicho dando vueltas por su habitación.
— Ya quisiera saber yo por qué demonios no te has ido—
gruñó más para sí mismo, que cualquier otra cosa, rascándose la espalda de mal
humor — te lo digo ahora, te irás de este cuarto sí o sí hoy.
El sidhe se levantó, y se movió rápidamente al
diminuto baño y se aseó con la misma rapidez, simplemente con la muleta y sin
ninguna prótesis. Le vio vestirse, ahora con mucha comodidad desde el medio de
la cama. Ni siquiera se movió cuando se sentó a enfundarse la pierna
prostética. En su aspecto mortal usaba una camiseta negra, a juego con los
jeans oscuros y zapatillas, todo muy sencillo, igual que la larga melena oscura
en una coleta. En su apariencia féerica, la única diferencia era el pulcro
traje victoriano y que el sueño le agregaba mucho atractivo. Y en ambas
apariencias, había un mechón blanco en la frente que se escapaba de la coleta y
le caía desde la frente a ambos lados de la cara ¿Lunar de pelo le decían? Ah,
daba igual. Le echó una mirada de desgracia, mientras corría la cortina, abría
la ventana y se aseguraba de dejarle espacio libre para que saliera.
— Bien, es suficiente ¡vete!— hizo varios gestos con
las manos.
Y estuvo al menos unos 10 frustrantes minutos haciendo
toda clase de sonidos e intentos de que se largara, todos respondidos con total
indolencia felina, o con algunos sonidos siseantes y amenazadores. Quería que
se largara, pero no estaba dispuesto a tocar al gato por ningún motivo. Muy
sidhe de su parte, dar órdenes y tener miedo a ensuciarse las manos.
Mortymer miró la hora y decidió rendirse. Echó los
libros dentro de la mochila apresuradamente, y aferró la muleta. Miró al animal,
quien le devolvió la mirada con interés. Apretó los dientes.
— Y una mierda.
Con alguna dificultad, se puso la muleta en la axila
para sostenerla, y con rapidez y antes de que se diera cuenta, aferró al gato
con toda la delicadeza de la que fue capaz y lo levantó de la cama.
Naturalmente, soltó un largo aullido algo amenazante.
— No es que me dejaras muchas opciones— le respondió
caminando con una notoria cojera hacia la puerta donde iba sujetando la muleta
a un lado, ella en brazos, la mochila detrás y caminando en ambas piernas—
vaya, estás...— se detuvo un momento, mientras le aferraba con un brazo y con
el otro giraba la manilla— bastante flaco— murmuró más para sí mismo— bajo todo
ese pelo, digo, eres puro engaño.
Con sorprendente destreza para ser un tuerto cojo, el
sidhe salió de la habitación, cerró la puerta y pudo depositarle en el
suelo.
Habría esperado que con lo cascarrabias que era le
hubiese soltado con brusquedad a la primera posible. Pero dentro de todo, había
sido raudo y bastante delicado. Lo vio cojear y echar toda clase de improperios
por lo bajo alejándose por el pasillo. En otras circunstancias, podría haberlo
dejado en paz, pero oírlo echando pestes por “los gatos del mal que no tienen idea de cuál es su lugar” y otras cosas
por el estilo que le hicieron engrifar los pelos de la cola.
Oh, iba a hacerlo sufrir.
Y vaya sí que había logrado hacerlo. El sidhe ya era
agrio normalmente, pero las intromisiones de aquél bichejo indeseable lograron
convertirlo en una máquina de sarcasmo insoportable. Y Mortymer no lograba
entender ¡cómo demonios el animalejo conseguía entrar en su habitación, con
todo estratégicamente cerrado! Podía aguantar la ropa y las toallas llenas de
pelo color canela, remojar y lavar la alfombra orinada era ya una molestia
mayor... pero cuando se metió con su pez, ahí sí que ardió Troja: y por el
sueño que parecía más un redcap que un sidhe.
Hizo lo que cualquier otro felino con un mínimo de
decencia, olvidar el calibre de las palabrotas y mirarle con desprecio e
indiferencia sobre el hombro desde el escritorio.
El tuerto suspiró frustrado mientras recogía los
restos de las hojuelas de alimento para pez desperdigado por el suelo. Estaba
más que nada abatido, aquella alimaña color canela se las arreglaba para
hacerle trabajar demás. A esas horas debería estar preparando el examen del día
siguiente. Miró al gato, quien le miró de vuelta con aquellos ojos verdes
enormes e hizo una mueca, era un hombre práctico, perdía más tiempo y energía
enfadándose que solucionando las cosas. Se acercó, le tomó con cuidado por el
cuerpo pese al leve gruñido que soltó el animal, y le depositó en la cama.
—Flaco— murmuró mirándole un instante, meditando el
asunto un momento para luego darse vuelta, abrir el cajón de la mesa de noche,
sacar algunas cosas, recoger la mochila, la muleta y salir hacia la puerta—
terminemos con esto— murmuró para sí mismo— ya vengo.
Le miró salir con alguna extrañeza. Se había divertido
lo suficiente con él y recibir esa extensión de improperios a diario no era la
clase de cosas que disfrutara, por lo que planeaba largarse. Siempre era genial
incordiar a un sidhe, más a uno especialmente odioso como éste, aunque los Dougal
no eran tan graciosos como los estirados Gwidyon o la mayoría de los Eiluned
cuando querían parecer más geniales de lo que realmente eran. Pero bueno, se
acomodó, echaría una siesta y buscaría otra presa con la cual jugar. Ahora
aprovecharía la cama cómoda y ya vería después, tiempo sobraba.
Dormitó un buen rato hasta que la habitación quedó a
oscuras y desde las ventanas se colaron las luces de la calle que comenzaron a encenderse
a medida que terminaba el día. Pudo sentir el aroma del sidhe y sus pasos antes
de que abriese la puerta, pero sólo levantó la cabeza cuando percibió el sonido
de la bolsa.
Mortymer entró y cerró la puerta con su habitual
expresión agria. Encendió la luz y dejó la bolsa en la mesa, mientras se
quitaba la mochila y la dejaba a un lado. Y antes que pudiera reaccionar y
levantarse en la cama, vio como sacaba un pequeño plato de metal y una bolsa de
alimento para gatos que abrió con un abrecartas del escritorio. Tras mirar las
instrucciones con ojo crítico, le extendió el plato con lo que a su juicio era
una porción adecuada de comida, justo al lado de la cama.
— Más te vale que te guste, porque no tengo más dinero
para comprar de otro tipo— gruñó para luego dejar el saco en el suelo a un lado
de la silla y repartir los libros sobre la mesa.
Bien, le había tomado por sorpresa. Olisqueó el aire y
bajó de la cama, para luego ver el pienso aún sin poder creerlo del todo.
Conocía la marca, aquél era alimento premium: no era precisamente del más caro, pero sin duda era del que se
conseguía sólo en tiendas especialistas. Comparado con lo que le ofrecían los
amantes de gatos que habitualmente se encontraba en la calle, aquello era digno
de un gourmet. Se sentó frente al plato y miró hacia la pecera.
Pensándolo un poco tampoco resultaba tan raro, el
alimento para el solitario pez blanco—rojo—negro que se esmeraba en escarbar el
fondo de grava también era probablemente el más caro que pudiese permitirse. Y
claramente había diferencia entre el pececillo y un gato callejero molesto.
Al menos de momento, tenía que decirlo: nunca había
visto un pez tan bien cuidado. El agua era tan transparente que parecía estar
flotando en el aire, los artefactos ya fuesen mundanos o quiméricos que tenía
instalados alrededor de la caja de cristal, hacían que la pecera no emitiera ni
un sonido, maldición, aún con sus sentidos felinos apenas si podía oler al pez.
Olfateó las croquetas con toda la indiferencia que
podía lograr, casi como haciéndose de rogar. Habría jurado que el sidhe estaba
expectante, pero se dejó llevar por el hambre. Oh sí, sabía a gloria, los tipos
que hacían esos preparados sabían qué ponerle exactamente para que inclusive
felinos más quisquillosos se lo comieran sin más. Más tarde leería los
ingredientes, pero tenía la certeza de que ahí había carne de verdad, y no sólo
harina de hueso como otros alimentos baratos.
A ver, el sidhe no le caía bien, pero tampoco le caía realmente
mal. En algunas cosas era un típico exponente de su casa: un maniático obsesivo
del orden y las máquinas. Pero en otras, era muy diferente a todos los demás,
partiendo de lo feo que era en comparación y lo tremendamente gruñón, así como el
uso de un lenguaje digno de un nocker. Por lo que había rebuscado entre sus
cosas era un fanático de la acuariofilia (posiblemente uno de los hobbies más
aburridos del mundo), un tipo bastante independiente para no tener un ojo y una
pierna, y que con esa combinación de defectos, no tenía amigos.
Para ser un noble resultaba algo... patético. Terminó
de comer, se lavó la cara a consciencia y se subió a la mesa del escritorio por
el lado de la mesa de noche. Se echó pesadamente y sin un gramo de gracia
felina, encima de un grueso libro de biología.
Mortymer por su parte no despegó los ojos del libro
del que estaba tomando notas, pero tampoco refunfuñó ni dijo nada. Al pasar
unos momentos, estiró la mano y le acarició la oreja, distraído en las
profundidades de su lectura.
Observó al duende arquear una ceja y poner una
expresión divertida al leer el libro y seguir escribiendo pulcramente en el
cuaderno. Visto más de cerca, y ya con el tiempo, le pareció guapo. Antes de
las cicatrices seguro había sido atractivo, con los ojos dorados, el cabello
negro y ese mechón blanco en medio de la frente. Por primera vez pensó que
quizás podría quedarse con él. Le había escuchado decir que ahí no se admitían
mascotas pero no era su problema, claro está. El sidhe suspiró cuando terminó
de estudiar, cerró el libro, el cuaderno y le dirigió una mirada de
desaprobación.
— Nunca imaginé que los gatos podían ser bichos tan
frustrantes— suspiró sujetando el libro de ambos lados y corriéndolo hacia un
lado de la mesa — pero al menos comiste algo ¿eh? A ver si subes algo de peso,
eres una estafa, montón de pelo— sonrió levemente y luego estiró los brazos en
alto – y heme aquí, hablándole a un gato.
— Bueno, ya le hablaba al Señor Pececillo, supongo que
conversar con el gato era el siguiente paso – comentó observando al inquilino
de su acuario morder la grava del fondo— Da igual, tarde o temprano te cansarás
de mí. Seguramente Señor Pececillo se habría ido hace rato de haber podido.
Le miró y giró la cabeza. Había pensado dejarlo, sí, pro
ahora que había descubierto que era capaz de hablarle civilizadamente,
alimentarle y que le había puesto un nombre super cursi a su pez, estaba
pensando de verdad en adueñarse de todo ahí.
Y lo pensó hasta cuando vio que abrió la laptop, sacó un
pendrive de lo más furtivo, casi como si se tratara de algo ilegal, llegando al
punto de asegurar la puerta dos veces antes de volver a sentarse
tranquilamente, poner el video y sentarse a ver su serie favorita.
En ese momento, su visión sobre Mortymer ap Dougal
cambió diametralmente, y decidió que iba apropiarse al sidhe, y que iba a ser
su mascota lo quisiera o no.
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