De gatos y pececillos
Mortymer dejó caer los
libros pesadamente sobre el escritorio y suspiró.
Había sido un día largo
en la universidad y estaba cansado, pero era el bullicio que le llegaba de
otras habitaciones lo que lo sacaba de quicio. Aún no se acostumbraba a vivir
con tanto imbécil junto.
Era una residencia
universitaria algo pequeña y barata, en la zona más vieja de la ciudad. Las
habitaciones variaban en su tamaño según el precio, y a juzgar por el estrecho
espacio en el que estaba la cama, el pequeño escritorio y el pesado mueble del
acuario, se podía adivinar que el sidhe no resultaba especialmente pudiente. A
Morty no le molestaba la simpleza, al menos tenía un estrecho un baño privado en
el cual era capaz de llevar a cabo todas sus tareas. Para el tamaño, era impresionante
que alguien como él, que tenía necesidades
especiales de movilidad no tuviese mayores contratiempos. Ni siquiera había
una barra de seguridad, pensó con orgullo.
Se sentó en la cama con
cuidado, apoyándose en la muleta y la mesa colindante del escritorio. Aún no se
acostumbraba a la prótesis nueva, así que se quitó el pantalón, desató la
correa y liberó el corto muñón que tenía por muslo. Soltó otro largo suspiro de
alivio al sentir la piel libre, y revisó la
pierna prostética con ojo crítico. Era más fácil caminar con ella, por
la tecnología más moderna que tenía, pero le apretaba un poco y no lograba
acostumbrarse a la mecánica que tenía para caminar. Adicionalmente aún no la
tenía el tiempo suficiente para poder forjar su forma quimérica por completo, a
diferencia de la vieja. La dejó en el piso, y desde debajo de la cama, sacó la
prótesis antigua. Físicamente era una pierna desgastada, algo más humilde, pero
quiméricamente era de un tono blanco mate, con líneas de luz azul brillante que
pulsaban y fluían por la superficie en un intrincado diseño geométrico, dándole
un toque futurista. El Dougal acarició la superficie y la magia feérica
recorrió sus dedos con un ligero cosquilleo. Si fuese por él, la seguiría
usando, pero la nueva era regalo de su padre, y sabía bien cuanto le había costado.
Además, había que reconocer que la antigua ya le quedaba algo corta y solía
cojear demasiado con ella. Le recordaba el estúpido accidente.
Dejó las dos prótesis
en el suelo y se recostó un momento en el cubrecama azul oscuro. Estaba
empezando a atardecer, y el otoño estaba haciendo las noches cada vez más
frías, pero aún hacía suficiente calor para quedarse ahí, a medio desnudar, con
el pantalón suelto y la camiseta sobre la cama con la ventana sobre el escritorio
abierta del par en par. Cerró los ojos y dejó que su mente divagara un rato. Estaba
cansado: había sido algo orgulloso al rentar el cuarto en un tercer piso, pero la
verdad, había subestimado las escaleras, que resultaban un fastidio cuando
debía subir y bajar para comprar comida y otras cosas.
Se despertó cuando
sintió el golpe abrupto en la cama, como si alguien se hubiese sentado en ella.
Aquello lo puso en alerta, asustado porque había sido como si un fantasma se
hubiese posado en las sábanas. La habitación ya estaba a oscuras y hacía frío,
y no estaba seguro de qué o quién había entrado en su cuarto. Sin moverse aún
demasiado, estiró el brazo y encendió la lámpara del escritorio.
Dos pequeños ojos
verdes brillaron a tenue luz. Mortymer vio que era un gato, de color canela,
con el pelo y sedoso más largo que había visto. Tenía que ser pariente de algún
persa o alguna raza medio pija, seguro. El gato le miró un poco a la defensiva,
bajando la cabeza y con las orejas levemente hacia atrás.
— Eres un animal
sinvergüenza y maleducado— le dijo algo molesto — esta es propiedad privada y
nadie te ha invitado.
Bien, un gato. No tenía
mucha idea de cómo lidiar con ellos. La vecina había tenido un par, pero
siempre escapaban cuando intentaba acercarse, así que la verdad no estaba
seguro de que hacer en ese momento. Le gustaban los animales en general, pero
solo era un verdadero fan de los peces.
El gato echó las orejas
más hacia atrás y se engrifó levemente, lo cual lo hizo ver aún más esponjoso
de lo que ya era, con todo y la cola moviéndose de un lado al otro. Lanzó un
siseo de advertencia.
— ¿Qué pasó? ¿Viste
algo muy feo?— soltó con su sarcasmo habitual refiriéndose naturalmente a su
cara llena de cicatrices y sin poder evitar sonreír para sí mismo —bien, he
alcanzado un nuevo nivel respecto a cuan patético soy, estoy hablando con un
gato desconocido— añadió por lo bajo incorporándose en la cama, y moviéndose
hacia el lado, apoyando el único pie en el suelo.
Para su sorpresa el
gato siguió donde mismo. Mirándolo bien resultaba bastante mono, pero bueno,
todos esos malditos bastardos eran guapos. Tenía una cola tan ancha que podría
pasar por zorro, y con ese color y pelaje seguro tenía dueño, pero era difícil
saberlo. Se encajó la pierna vieja en el muñón del muslo, y se puso de pie con
dificultad aunque sin la muleta, mientras el gato permanecía sentado y parecía más
indiferente a su presencia.
— Deberías irte a tu
casa. Aquí no hay nada que resulte interesante para ti.
El gato pestañeó y
movió la cola.
Mortymer miró su pecera
y se preocupó un instante por el Señor Pececito, que nadaba alegremente
removiendo el fondo de grava, como siempre. Bien, no, el acuario tenía tapa de
vidrio, y era relativamente resistente, al menos 4 milímetros, seguro aguantaría
a un bicho de mierda como ese. Se volvió a ver al gato, que se echó sobre la
cama y escondió las patas delanteras, y se acomodó en el cubrecama.
— Eh, ¡no, chuuu chuu,
fuera de ahí!— le dijo Morty indicando la ventana — ¡Largo! ¡En esta residencia
no se aceptan mascotas!
El gato le miró,
pestañeó un instante y pareció mirar su pecera.
— Él no cuenta. Es
pequeño, hace sus necesidades ahí adentro y me cobran un sobre cargo en la
renta por el agua adicional que tengo que usar, el cual es bastante excesivo si
me preguntas. Así que ¡Fuera! ¡Sale!— le hizo algunos gestos con las manos y
montones de ruidos pero el gato lo ignoró olímpicamente.
— Y una mierda— dijo
cerrando la ventana junto con la cortina ya que comenzaba a hacer frío.
Suspiró.
— Bien, analicemos las opciones — comenzó quitándose
la camiseta mientras meditaba — un gato de mierda se ha instalado en mi cama,
seguramente porque es un lugar caliente, blando y hace frío, tiene lógica— se
giró y miró al animal, que le devolvió la mirada con los ojos más abiertos como
si le estuviera prestando atención — y yo no voy a tocarte. No es que me
importe tener un par más de cicatrices a juego— soltó con su sarcasmo habitual haciendo
un gesto con sus manos como si se mostrara cual feo era, en especial con todo
lo que había sobre su cuerpo—pero los gatos son pequeños bastardos con dientes
y garras, y no me apetece sentir dolor, gracias— aferró la muleta y la miró un
largo instante.
Sí, bien, podría darle un bastonazo y mandarlo afuera
de un solo golpe, como si fuese un swing de golf.
Pero en serio, el gato no le había hecho absolutamente
nada, aparte de lanzarle una lógica advertencia a un desconocido. También era
un pequeño animal indefenso, y golpearlo iba contra todos sus principios. No
podía echarlo de la habitación, y si llamaba a alguien como la casera o su hijo
Neanderthal, seguro habría golpes y gritos y aquello no le parecía bien.
— Vale. Supongo que se quedará en la noche, y mañana con
la ventana abierta y el lugar más cálido afuera— elucubró —se irá tal y como
entró. Una mierda tan mona seguro tiene dueño, o le entrará el hambre o qué se
yo— Se enfundó la camiseta vieja que usaba para dormir y puso la alarma del
reloj.
— No me hace ninguna gracia dormir con un puto gato,
pero reconozco que me importas un carajo, voy a dormir, y mañana te irás de
aquí lo quieras o no— reconoció terminando de ordenar la ropa y los libros para
el día siguiente obsesivamente. Se sentó nuevamente en la cama, y se quitó el
parche del ojo, mientras el gato echó las orejas hacia atrás y bajó la cabeza.
— Ah, pero a ti tampoco te gusta dormir con alguien
tan feo ¿eh?— sonrió él con cinismo —pues lo siento, eres un gato imbécil. Has
elegido la cama del sidhe más feo y patético en kilómetros a la redonda, tienes
un mal gusto de mierda.
Morty tenía un único y pequeño espejo en el baño, pero
conocía demasiado bien su cara. Y sabía lo raro que se veía el ojo ciego, con la
enorme pupila negra dilatada, lleno de cicatrices. En parte por eso usaba el
parche, sabía que los ojos estaban disparejos y odiaba las miradas de la gente
cuando le miraban de frente. Siendo un Dougal podría haber usado uno de esos
artilugios quiméricos que se le verían la mar de bien, pero ¿Para qué? Había
perdido ese ojo por estúpido, por arrogante, lo dejaba así para recordarlo y
que nunca más se le volvieran a subir los humos. Nunca más volvería a creerse
de más.
El gato apenas se movió cuando él se metió en la cama,
resultaba una gran ventaja tener sólo una pierna para dejar espacio libre para
el felino. El sidhe se dio una vuelta, se acomodó y se durmió rápidamente.
Estaba demasiado cansado para pensar en bichos que seguro desaparecerían al día
siguiente o se irían de una buena patada.
En medio de la noche miró lo que había en la
habitación.
Había muchos libros así que era fácil concluir que era
un buen lector. Había obviamente tomos de mecánica, pero también varios sobre
peces y plantas. No era un sidhe ostentoso, a juzgar por las camisetas y jeans
gastados, así como el único par de pulcros trajes quiméricos victorianos colgados
en un muy estrecho ropero detrás de la puerta de entrada. Acababa de mudarse no
hacía demasiado, o no le gustaba el caos, ya que aún tenía cosas dentro de la maleta que
escondía debajo de la cama.
Todo estaba ordenado, doblado y obsesivamente cuidado.
Dougal. Por la forma en que el filtro del acuario
estaba manipulado y mejorado, no cabía duda que tenía que ser de los Dougal,
aquello explicaría lo de la pierna. Pero ¿lo de la cara? Había visto a muchos
sidhe, y todos eran cosas increíblemente hermosas. Si se ponía a comparar,
aquél cascarrabias tuerto era un esperpento. Y esa bocota, maldecía más bien
como un nocker con la pésima actitud de un redcap.
Y todo lo que tenía era viejo o medio obsoleto: el
ordenador portátil, el trasto que usaba para escuchar música, los audífonos…. aquél
celular era una antigüedad tal que ni siquiera los ladrones querrían
llevárselo. Pero en cambio, los dos frascos de alimentos distintos para pez,
decía que aunque amaba las máquinas y la forja como cualquier otro, estaba más
preocupado de que aquél pequeño goldfish gordo color blanco—rojo—negro se
mantuviese feliz y nadando en su muy limpia pecera.
Oh, tenía tantas ganas de molestarlo. No era culpa
suya, era de él, por ser tan irritante, y pulcro, y ordenado y malhablado. Y por sobre todo, por haberle dicho idiota.
Y luego miró la muleta. Recordó más claramente la
expresión del sidhe cuando le estaba viendo con desesperación por sacarle de
ahí. Oh, sí, había visto esa mirada antes, sabía exactamente lo que quería
hacer con ese maldito montón de metal que usaba para caminar.
Humm.
Pero no lo había hecho, y para lo cascarrabias que
era, resultaba… particular.
Bien, esto iba a ser súper divertido.
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