Como empezar aburrido y terminar con diversión en dos sencillos pasos


Y las siguientes semanas fueron una especie de infierno, que con el tiempo se fue transformando en algo más soportable. Siguió intentando echarle, pero ya cada vez con menos ganas, principalmente porque se había dado cuenta que no iba a hacerle daño a su pequeño pez y porque según sus propias palabras, podría ser un bastardo de primera pero no tenía corazón para agarrarlo y dejarlo tirado en medio de la calle a unos cuantos kilómetros. Y conste que el gato hizo todo lo que un felino podía hacer para molestarle, regar pelo en toda su ropa (incluyendo el cajón de los calcetines, lo cual lo tenía entre pasmado e intrigado), orinarse nuevamente en la alfombra del baño (al menos hasta que compró la caja de arena), tirarlo todo al suelo y crear caos en su ordenada vida diaria, y encontrar alguna clase de oscuro placer en afilarse las uñas en la mochila y en la almohadilla de la silla. Pero bueno, había algunas cosas… buenas, se había aficionado en restregarse en sus canillas y a dormir encima de sus piernas, o al menos encima de una y de lo poco que había de la otra.

Y bien, luego estaba el hecho de que descubrió que era placentero acariciar a un animal peludo y que ronronea. Mortymer nunca había tenido una mascota, con la excepción del Señor Pececillo y a él lo tenía desde hacía ya casi medio año.

Al menos hasta cierto punto: recibió un buen mordisco y un fiero gruñido cuando le había levantado la cola y mirado un lugar indiscreto.

— Bien, he descubierto dos cosas— comentó sobándose la mano – uno, que hay partes que no debo tocar— frunció el ceño— y que a menos que estés operado, eres hembra.

Ella le devolvió la mirada y se aguantó las ganas de reír.

— Tengo serios problemas contigo, señorita— comenzó mirándola con el dedo índice en alto— no sé cómo, pero me imagino que te han visto entrando, el caso es que mi casera ya sospecha que alguien tiene una mascota en el dormitorio. Así que dado que no he podido echarte y sabe el Sueño que lo he intentado, en múltiples ocasiones, voy a esconder la maldita caja de arena en la tina, y el plato de comida y de agua detrás de la puerta— se detuvo un instante y frunció el ceño mirando hacia otro lado— y no sé por qué demonios hablo con un gato, digo gata idiota— volvió a mirarla – pero dado que es evidente que soy igualmente idiota supongo que está bien. Espero que cuides tu castidad con el mismo esfuerzo y disciplina que has usado para fastidiarme, porque no pienso ser niñera de una banda de felinos llorones.

¿Pero con qué clase de gata casquivana le había tomado? Ella era una reina, se merecía un príncipe, como mínimo, no un montón de gatos callejeros. Avanzó en la mesa y se sentó pesadamente en el brazo del sidhe, dejando en claro que él era de su completo dominio, y le miró con desprecio un momento que se extendió a un largo rato. Estaba casi segura que en aquella posición podría estarle cortando la circulación, pero él no se movió. Podría haber sido orgullo, claro, pero sospechaba que en el fondo había algo de ese sometimiento que cualquier gato espera en sus humanos y que significaba que no se moverían ni levantaría para dejar dormir al minino.

¿Cuándo se había dado cuenta que le gustaba ese adefesio con pésima personalidad? Naturalmente, dado el conjunto de defectos maravillosos que tenía, había asumido que no tenía a ningún amigo. No supo si sorprenderse o no cuando vio al sluagh entrar con él en la habitación. Era delgado, algo más bajo y más feo (aunque siendo justos Morty tenía una apariencia féerica pasable, y el sluagh era flaco y un poco menos que normal), con una boca algo chueca hacia abajo y ojos rasgados que le daba aspecto de una máscara japonesa kabuki. Iba con pantalones negros, zapatos con hebilla y una larga camisa a rayas negras y grises que le hacía particularmente raro. Estuvo un buen rato mirándola, mientras ella adoptaba esa pose calmada de genuino desdén felino desde la cama. Un sidhe y un sluagh, sus sesos casi volaron a 3 universos paralelos solo porque sí.

— ¿Y ese gato?— preguntó en un susurro muy ronco apenas audible.

Mortymer le dirigió una larga mirada de completa frustración.

— Es gata y se ha aficionado recientemente a atormentarme. Pronto se aburrirá, espero. Más bien ansío que se aburra pronto, pero por lo que estuve investigando acerca de esta clase de bichejo, no parece haber alguna forma plausible de que se aleje sin entrar en— se detuvo y suspiró – derechamente en cosas violentas que bien sabes, no van con mi carácter. Pero para mi suerte, estas criaturas parecen adueñarse del espacio, por lo que si me logro mudar en un tiempo, la podré dejar atrás.

— Me temo que estás siendo temerariamente optimista con esa apreciación — murmuró más para sí mismo que para su amigo.

— Concedo plenamente ese juicio ¿Alguna premonición rápida al respecto?— preguntó con algún interés— ya sabes, algo vago, no demasiado conciso.

— Humm— comentó el otro mirándola fijamente, para luego hacer una mueca y agregar con sinceridad – te va a hacer parir ladrillos.

— No me digas – repuso el sidhe con cierto sarcasmo, aunque luego pareció pensárselo mejor – lo tendré en consideración...

Lo siguiente que pudo observar era que la dinámica de los dos era básicamente esa clase de amistad donde pasaban tiempo juntos sin decirse demasiado. Zeke, el sluagh, tenía hobbies tan o más aburridos que la acuariofilia de Morty, ya que coleccionaba estampillas y monedas. Como era de esperar, sus conversaciones eran tan divertidas como ver crecer el pasto. Ni los ancianos eran tan soporíferos: escucharlos intercambiar un par de apreciaciones y luego quedarse en silencio para estar cada uno en lo suyo resultaba un martirio. Al menos hasta que en algún momento, compartían su verdadera afición y venían los capítulos de la serie en el computador del sidhe. Cerraban las ventanas y la puerta con llave, y se aseguraban de escucharlo con audífonos para que nadie pudiese enterarse de su terrible secreto. Llegaba a dar gusto verlos canturreando por lo bajo y sonriendo ante las imágenes de su serie predilecta como un par de críos. A la gata le resultaba lógico que quisieran mantener aquél pasatiempo oculto.

No, fue cuando empezó a vislumbrar el verdadero carácter de Mortymer cuando supo que lo quería de verdad.

A veces lo seguía a la universidad. Era fácil ocultarse entre la gente y jamás la reconocería, así que lo veía desde bastante cerca. En general se dedicaba a sus asuntos, pasando de todo el mundo y manteniendo un perfil antisocial, inclusive con la propia estirpe. Apenas palabras con algún otro sidhe de su casa, y poco más. Por lo demás, la universidad era típica: había un grupo de gente popular, la mayoría que armaba sus propios grupos, los nerds y los aislados. Naturalmente, había varios de la estirpe ahí: nobles, trolls, boggans, inclusive algunos gallain de otros linajes. Morty estaba esperando para entrar a otra de sus clases cuando todo pasó.

Un grupo de unos 3 tipos, bastardos esenciales podía percibirlo, estaba molestando a una nocker inusualmente alta a unos metros de él. Tenía el cabello corto, y estaba enfundada en ropa deportiva holgada por lo que costaba notar que era una chica a primera vista. Estaba demasiado alejada para escuchar lo que estaban diciendo, pero notó la expresión del sidhe, iba pasando de la regular, la cual ya era mala, a una cada vez más fea. Nunca lo había visto así, por lo que decidió acercarse un poco más y no se equivocó en absoluto.

— Insisto, si quieres pasar, tendrás que pagarnos peaje— le insistió el más corpulento.

 Pero… pero no tengo dinero— insistió la nocker con un hilo de voz.

— Pero por el asco que nos das, es lo mínimo que puedes hacer.

— Claro, tienes que compensarnos la molestia.

— Pero, de verdad…

— No querrás que te demos una golpiza, odiaría tener que ensuciarme los puños con porquería como tú.

Mortymer iba a irse, aquél no era su problema, era conocido por evitar problemas, en especial ajenos y de personas que no le interesaban. Alcanzó a dar un paso, cuando sintió el puño del más grande golpear el muro detrás de la joven nocker. Ah, por un demonio, no iba a poder dormir si dejaba las cosas así. Era un imbécil por meterse, claro, así que estaba bien, él era idiota, la idiotez se le daba de maravilla.

Se adelantó y caminó con expresión ausente hacia ella como si no hubiese visto al trío de canallas y se interpuso en medio sorprendiendo al resto.

— Ah, te estaba buscando, vámonos de aquí – Le dijo a la nocker que le miró con sorpresa.

— Hey, idiota, quítate de en medio— gruñó el más grande.

 Ah, iban a ponerse duros con él, perfecto, andaba con ganas de patear traseros subnormales.

Se giró bruscamente con un movimiento ágil y perfectamente calculado para parecer despistado, moviendo la muleta de tal manera que la vara de metal se clavó con fuerza en la entrepierna del tipo que estaba a su espalda, haciéndolo doblarse sobre sí mismo incapaz de emitir un quejido. Años de prácticas con su viejo habían afinado esos movimientos torpes al punto que eran indistinguibles de la verdadera ineptitud.

— ¿Perdón?— dijo logrando parecer completamente despistado.

— ¡Hey! ¡Fíjate en lo que estás haciendo!

El que tenía de frente le miraba con una expresión de sorpresa y asco, al ver la fea cara desfigurada de frente, mientras el otro que le había gritado intentaba ayudar al caído, ahora en el piso aguantando las lágrimas. El sidhe volvió a girarse torpemente para terminar de darle un golpe directo en la canilla al que ahora daba la espalda, que soltó un grito y se echó hacia atrás para sujetarse la pierna herida.

— Oh, cuanto lo siento— soltó Mortymer tratando de sonar lo más lastimero posible – aún no me acostumbro a la pierna prostética— mintió flagrantemente— todo ha sido muy duro desde el accidente— sonó realmente patético – le sugiero que se alejen un poco, soy tan torpe con esta muleta.

— Mira cabrón horrible, no te metas con nosotros— rugió el que aún no había recibido algún golpe visiblemente mosqueado –  ¡o te va a ir muy mal!

Desde donde estaba, la gata pudo ver como la comisura del labio del sidhe se elevaba casi imperceptible. De lo que ya conocía, habría jurado que estaba disfrutando la situación. Se echó hacia atrás y pareció que perdió el equilibrio por lo que rápidamente se echó hacia adelante, antes que el otro lograra reaccionar. Para no “caer”, levantó la muleta y la enterró en el suelo, con la mala suerte que justo el pie de su atacante quedó en medio. El crujido del hueso del pie fue especialmente horrendo.

— Oh, Oh, será mejor que me aleje, no quiero seguir importunándolos— empezó con voz lastimera echándose hacia atrás – ah, tu vienes conmigo— le dijo a la chica nocker – lo siento, cuanto lo siento, de verdad, soy tan torpe. No se preocupen, no me volverán a ver cerca, cielos, tengo que aprender a moverme con esta cosa— añadió mirando la muleta.

Alcanzó a retroceder un par de pasos “torpes” junto con la nocker, fuertemente aferrada del brazo, que le seguía con una mezcla de maravilla y pasmo, sin saber mucho qué hacer. Desde detrás, el que se sobaba el pie con lágrimas en los ojos, se enderezó a duras penas ayudado por los otros dos y levantó el puño.

— ¡Ya verás hijo de puta, te mataré! ¡Acabaré contigo! ¿Me oyes?

Mortymer se detuvo y esta vez esbozó una enorme sonrisa antes de volverse de una forma algo dramática, y mirarle con fingida perplejidad y una teatral expresión compungida. Tomó aire y con la voz más clara y fuerte posible, como quien quiere que medio campus le oyera, le dijo:

— ¿Vas a golpear a un lisiado?

La reacción alrededor fue notable, casi todos los que le escucharon le dirigieron unas terribles miradas de desaprobación, y ni que hablar de las murmuraciones. Una boggan se apresuró en tomarles una foto con el celular y subirla la página de su red social con un mensaje muy afectado sobre el respeto a las personas con “capacidades diferentes”. Los atacantes comprendieron que acababan de recibir una torpe paliza accidental de alguien a quien no podrían retribuirle el favor, y que en el proceso, se habían ganado varios puntos de infamia en la Universidad.

El sidhe no se quedó a apreciar el espectáculo, aún con el brazo de la nocker aferrado caminó por el campus para perderse en la multitud y llegar a la entrada, a un lugar suficientemente apartado donde nadie les oyese. Al menos nadie que no fuese una gata de pelo color canela subida en un árbol cercano.

Mortymer se detuvo, se volvió a ver a la chica y buscó algo que decir. Si hubiese sido un Gwydion habría soltado algún discurso digno y hermoso digno de leyenda, pero no lo era y adicionalmente resultaba pésimo socializando.  Pero había jugado al héroe y ahora tenía que decir algo: se había entrometido donde no lo habían llamado con resultados que podrían ser negativos para ella.

La miró un instante y comprendió que la situación era algo más compleja de lo que había esperado. Pero que mierda, a él le importaban poco esas cosas.

— Ah, creo que una vez alguien me dijo que tu nombre es Sybill, creo.

— ¡Sí! — exclamó ella aún sobrecogida. Debía medir casi metro ochenta, más que él, pero iba algo agachada, encogida, con el pelo cubriéndole la cara en la medida de lo posible – Usted es el señor humm — se detuvo – eh, ¿no le molesta que le llame por su nombre?

— Que mierda, no me digas que me conoces de algo— repuso él rápidamente y algo incrédulo.

— ¡No, no, señor, nunca he cruzado una palabra con usted! Pero eh…— se detuvo y pareció encogerse más, dio un paso y se sentó en un espacio de cemento en el edificio – es culpa suya, la gente se entera, corren rumores, ya sabe, los boggans y su mierda – soltó abrumada— y, y bueno, y pocos tarados en el sueño pueden ser aptos para modelar motores de agua, es estúpido, pero por eso sé quién es usted, señor Mortymer.

El sidhe se quedó de una pieza. Tenía afinidad con los nockers: eran sinceros, les gustaba probar a la gente y tenían esa actitud de mierda con la que estaba acostumbrado a lidiar. Como su padre, o el tío Ren.

— Ah bien, Mortymer, sí, perfecto, ese soy yo. Bien Sybill, diría que es un gusto, pero por las circunstancias creo que es más bien una molestia para los dos— comentó para luego entrecerrar los ojos— aunque, tengo que preguntar más por curiosidad idiota que cualquier otra cosa ¿qué conoces de bombas o motores de agua?

Sybill le miró sorprendida y empezó a contarle como había construido uno de aquellos aparatos hacía unas semanas, mientras el sidhe escuchaba atentamente y de cuando en cuando hacía alguna pregunta sobre la válvula anti retorno y otras cosas que a la gata poco le importaban. A medida que él le iba consultando, la joven se veía más y más entusiasmada soltando toda clase de palabrotas en el proceso, pero se notaba que sabía de lo que hablaba. No podía importarle más aquella cháchara interminable y aburrida sobre mecánica hidráulica, sin embargo, podía ver una dinámica distinta entre ambos. Lucían más relajados y mucho menos incómodos, habían llegado a un punto en común y podían discutir sobre ello. Más aún si bien se notaba que los intereses eran distintos, ya que Sybill era loca por los barcos y la navegación, y Mortymer un fanático de los peces, pero las dos cosas eran compatibles, y en temas tan técnicos, resultaba genial encontrar un partner.

— Creo que podríamos compartir algunos componentes de cuando en cuando— comentó Mortymer con interés, haciendo memoria sobre el pequeño espacio que disponía para la maquinaria en su habitación — ¿Me puedes facilitar tu número telefónico?

— Oh— repuso Sybill de pronto algo abrumada— humm, pero… Señor Mortymer, no— se detuvo, siempre se detenía al preguntar aquello— a usted no le molesta, ya sabe… ¿mi condición?

El sidhe le miró extrañado un momento y luego reparó en lo que le estaba diciendo. Sybill era una chica nocker, por donde la viera, pero también era hombre, al menos en su aspecto mortal. Aquello explicaba el acoso que sufría por parte de parte del campus, y también explicaba por qué se esmeraba en mantener un bajo perfil. Era raro, claro, pero vamos, también había trans en los humanos corrientes ¿por qué no podía pasar en los changeling? Las caretas mortales se parecían a los espíritus feéricos, pero siempre había excepciones.

— No sé ¿A ti te da problemas en tratar con el sidhe más feo del país?— preguntó con cierto interés – me falta una pierna, un ojo y tengo una personalidad de mierda— admitió con sinceridad – no estoy precisamente libre defectos, y sería comprensible si te da asco. A mí me daría asco, principalmente porque soy un asco.

 Ella se quedó perpleja mirándole un instante, pero luego sonrió de buen humor.

— No puedo negar que será un placer quejarme de vuestra incompetencia, señor Mortymer— repuso estirándole la mano.

— Y yo me quejaré constantemente de tu idiotez—replicó Morty de buen humor estrechándole la mano – nos llevaremos horriblemente— se rio.

Podía decir lo que quisiera, la gata ya sospechaba lo suficiente de él y sus instintos nunca se equivocaban en ese sentido. El sidhe no era la persona horrible que quería aparentar. Suspiró y fue entonces cuando se dio cuenta que de verdad le gustaba. Había ido del completo disgusto a quererlo para sí como una posesión, y ahora la verdad quería más de él.

Bien, iba a ser suyo, lo quisiera o no.

Mortymer siguió con su día habitual, terminó las clases, pasó a comprar algunas piezas a un compañero de casa al que podía tolerar, pasó a comer algo de chatarra y se fue directo a su habitación. Tras un rato de lectura, le dio de comer al Señor Pececito y a la gata, pensando que a pesar de las amenazas de su casera sobre la estadía de animales, tarde o temprano tendría que ponerle un nombre.

— Por la suerte que tienes para desaparecer cuando la gorda aparece, debería llamarte Afortunada— recibiendo de ella una mirada enfadada y un gruñido— aunque no te guste.

Hizo una mueca. Nunca iba a admitirlo, odiaba muchas cosas en el universo, como por ejemplo… bueno, el universo mismo, pero había otras que podía tolerar y algunas que quizás bajo tortura podría admitir que le gustaban, como la maquinaria o el señor Pececillo. Había cosas que prefería morir antes de reconocer que le gustaban, como la serie que veía con Zeke. Y la gata en cuestión empezaba a serle menos molesta de lo que quería reconocer, aunque le resultaba mucho más fácil y cómodo atribuirlo al cansancio y a que se estaba acostumbrando al bichejo a la mala.

Se quitó la ropa, se calzó la vieja camiseta gris que usaba para dormir, dejó la pierna a un lado de la cama y se acostó a dormir.

Y estaba en ello, teniendo algunos sueños de peces y acuarios, cuando de pronto se sintió algo incómodo, pesado. Despertó en la penumbra, y vio el pelo en su hombro. Vaya, gata de mierda, mira donde se fue a acostar, aunque… algo no estaba bien.

Durante un instante que pareció eterno, estuvo tratando de racionalizar lo que estaba pasando sin lograr creerlo. La oscuridad en la habitación nunca era completa, porque siempre se filtraba algo de luz de un molesto cartel de publicidad de la calle por la ventana, así que no le costó demasiado ver la espesa melena de pelo castaño y las orejas de gato color canela. Ella se despertó y levantó la cabeza para mirarle de frente. Le tardó un largo segundo digerirlo, pero podía sentir el cuerpo desnudo de la joven bajo las sábanas sobre él y ver los ojos verdes enmarcados en largas pestañas oscuras mirándolo cansinamente.

— ¿Mmmm? Hola— saludó ella con voz suave.

Al sidhe se le fueron los ojos hacia arriba y se desmayó.

No le sorprendió demasiado, sacando la cuenta llevaba casi dos meses y medio “viviendo con él”  y lo conocía lo suficiente para saber que era un completo inútil en lo que refería a relaciones de cualquier tipo. En especial las románticas. O sea, maldición, recordaba esa vez que una condesa bastante mayor prácticamente le había tirado la ropa interior a la cara, y él ni siquiera se había enterado.  Y por la reacción que había tenido ahora mismo, se notaba que la relación entre ambos iba a ser aún más divertida que la que ya mantenían como dueña y mascota.

Se acomodó la colcha encima, se acurrucó sobre él y se dispuso a seguir durmiendo.


Morty despertó ya entrada la mañana. Se sentía desorientado y algo molesto, había tenido un sueño muy desagradable en la noche. Ya, sí, cuando más adolescente había tenido esos… esos molestos sueños eróticos que lo avergonzaban tanto, pero suponía que ya tenía controlado ese aspecto tan embarazoso.

Se incorporó pesadamente, se giró para sentarse en la cama, y ahí, en la silla frente al escritorio, justo frente a él estaba la joven, vestida únicamente con una de sus camisas, con una taza de café caliente navegando en su notebook distraídamente.

— Poo…poo— comenzó mientras ella se volvía perezosamente.

— Pooka— terminó ella con una voz dulce y delicada, agitando un poco la larga cola esponjosa de pelo color canela— Hola Mortymer.

El sidhe se quedó un instante ahí petrificado, mientras las imágenes de los últimos meses desfilaban por su cabeza internalizando las cosas que esa gata había visto y oído de él. De pronto, la terrible idea de que había compartido su habitación y sus secretos más íntimos con una pooka felina, se estrelló contra su cerebro y lo hizo estallar en miles de pedacitos.

Su rostro enrojeció con una rapidez vertiginosa, dándole a las cicatrices un aspecto algo grotesco. Retrocedió en su cama, aferró las mantas y se las echó encima como si fuese un crío escapando de los monstruos.

— Esto no puede estar pasando, esto no puede estar pasando— empezó a gemir desde debajo de las frazadas— ¡¡soy un imbécil, como no me di cuenta!!

— Eres un idiota — concedió ella dándole un sorbo al café – en cualquier caso tendrías que haber tenido una sagacidad muy superior para advertir que no era un gato común.

Morty levantó levemente la manta y la cabeza.

— ¿En serio?

— No — repuso ella sonriendo.

Ah, pookas. No sabía si estaba diciendo la verdad o le estaba mintiendo. Y peor aún, no había forma de hablar con ella para saberlo: en su experiencia tendría que aprender a discernir lo que había detrás de su discurso, tal como lo había aprendido a hacer con el inútil cuervo amigo de sus padres. 

  Por un demonio ¿Por qué me pasan estas cosas? ¿Qué he hecho para merecer esto?— gimió lastimeramente.

— ¿Y yo qué voy a saber?— le replicó la gata distraída con el ordenador – deberías actualizar este trasto, no puedo ver bien mis correos.

— ¿Usas mi computadora mientras no estoy?— preguntó Mortymer levantando la cabeza más bien sorprendido, desde debajo de las sábanas.

— ¿Para qué iba yo querer usar este vejestorio? No es que tengas una carpeta de porno que sea interesante— replicó ella con media sonrisa moviendo la cola divertida – tienes carpetas con material igual de fascinante, en todo caso. Que cochinadas, tsk tsk – siguió ella con esa sonrisa ambigua— es como esas deliciosas comunicaciones con tus padres ¿Resultan sorprendentes, no? No sé si puedo imaginar la reacción del universo conocido si se enteran de cosillas sin importancias como el linaje de papi o cuál es tu serie favorita.

Mortymer palideció ante la mención de aquello. Amaba a sus padres aunque jamás lo admitiría en público, y la verdad es que le aterraba cómo reaccionarían los pocos de su casa con los que se relacionaba si vieran a su progenitor. No es que se avergonzara de él, su padre había sido el paladín de un puto duque por años por mérito propio y no conocía a nadie que fuera la mitad de hombre que él… pero la mayoría de las hadas sólo se fijaría en el tamaño de sus dientes, todo lo demás les importaría un carajo.

Y definitivamente prefería morir antes que deshonrar al viejo.

— ¿Qué demonios quieres de mí?— preguntó lastimosamente, dándose por vencido.

Clara lo miró con esa indiferencia cansina que le resultaba tan propia.

— A ti.

— ¿A mí?—preguntó él atónito— ¿Pero por qué?

La pooka lo miró, y sonrió levemente un instante antes de responder.

— Porque eres hermoso— se encogió de hombros.

Mortymer la miró un instante como si estuviera frente al bicho más raro del universo conocido, totalmente perplejo. Nunca había sido el sidhe mas apuesto de la corte, pero al menos antes del accidente se podría haber dicho que era apuesto ¿Pero ahora? Con el ojo tuerto y las cicatrices, claramente aquello era una broma o una mentira del tamaño de Finlandia.

Quería reírse pero no pudo, la idea de convivir con una mujer joven y, mirándola bien, guapa, asaltó su cabeza y se hundió lentamente en su cerebro como si fuese un cuchillo caliente en mantequilla tibia. Volvió a sonrojarse y se tapó con las sabanas un instante al recordar que estaba apenas vestido en ropa interior y una camiseta vieja. Resultaba una reacción patética si se ponía a pensar que la gata había estado con él dos meses y había visto… oh cielos…

— Me puedes llamar Clara— repuso ella viendo con interés como la expresión del sidhe se ponía cada vez peor– o “mi ama”… quizás “mi reina” también ¿Vas a tomar una ducha?— sonrió con malicia — ¿quieres que me duche contigo? Puedo cepillarte la espalda.

— ¡No!— chilló él saltando de la cama envuelto en la sábana, incorporándose abruptamente, y aferrando la muleta para quedarse un instante con la cabeza baja.

La gata pensó en acercarse y molestarlo, pero se contuvo al sentir el fuerte aroma de adrenalina en el aire. Demonios, había subestimado el carácter del tuerto en ese sentido, casi se sintió culpable cuando Mortymer se puso de pie a duras penas.

— Necesito ir a vomitar—alcanzó a musitar, antes de precipitarse cojeando y todo al baño.

Clara se levantó pesadamente y cerró la puerta detrás de él mientras lo escuchaba echar las tripas por el inodoro. En momentos como ese se preguntaba qué clase de vida había llevado el sidhe para llegar a reacciones como aquella, aunque sospechaba que era así simplemente porque era su naturaleza.  

— Extreme Tsundere – comentó volviendo al computador y terminando su café.

Mortymer dejó de vomitar cuando se le vació el estómago y se quedó en el piso del baño un rato, sintiéndose miserable, hasta que comenzó a darse cuenta que estaba siendo estúpido ¿Por qué había asumido que podía haber algún interés romántico? Sabía que era feo, insoportable y virgen como el aceite de oliva, así que no resultaba nada atractivo o provechoso como pareja, eso lo tenía más que claro. Además, se había vuelto tan experto reprimiendo cualquier deseo sexual que podría haber competido con el mismísimo San Antonio: era un varón de 19 años capaz de sobrevivir perfectamente cascándosela una o dos veces por mes, con mucho.

No, se estaba dando demasiada importancia, el mundo no giraba alrededor de él. Se levantó con cuidado y se miró en el pequeño espejo que usaba para peinarse cada mañana.

Era imposible que cualquiera, inclusive una pooka caprichosa, tuviese algún interés en él. Tenía que aburrirse algún día, los gatos no eran fieles ¿cierto?

— ¿Mejor así? Hubiese creído que preferías las bubbies – declaró la gata en su forma animal, moviendo la cola de un lado a otro— pero parece que tienes el corazón de un furry.

—Ja— rio él de mala gana al ver la criatura color canela acostumbrada con aire cínico— ja, ja— se detuvo y lo sopesó un instante, para mover la cabeza en forma negativa – ya has vivido lo suficiente conmigo para saber la respuesta – espetó volviendo a la cama, aún mareado, desplomándose y llevándose la mano a la cabeza.

— Las escamas también cuentan como furry — replicó la gata mirándole de reojo.

— Los peces son hermosos porque no hablan, no juzgan y en general no hacen más que nadar y lucirse— replicó él cansado — ¿y qué saco con explicártelo? A estas alturas me has visto como... como nadie en la puta vida, ni mi madre me ha visto como tú, por una mierda – se quejó totalmente deprimido.

La gata saltó al suelo desde la silla y luego se subió a los pies de la cama, mientras él pegó un respingo. Sonrió para sus adentros, fingiendo indiferencia y mirando hacia otro lado, aquello estaba de maravillas, era bueno que su mascota fuera aprendiendo lo posesivo que podía llegar a ser un felino.

— ¿Y eso es tan malo?

— Es lo peor que me ha pasado en la vida— afirmó con el estómago revuelto y un sudor frío recorriéndolo entero – por qué mierda no me mataron en el accidente.

Clara movió la cola. Probablemente se había sobrepasado, había sobrestimado su capacidad de relacionarse con mujeres, eso lo más seguro. Se acercó por el lado con aquél paso suave y lento típico felino y le hizo un arrumaco en el hombro, empezando a ronronear. El sidhe no se movió, se sentía demasiado abrumado y no conseguía pensar con claridad en el torbellino de imágenes negativas y recuerdos que aparecían en su cabeza. La gata empezó a amasar el cubrecama y a ronronear sonoramente, dándole uno que otro arrumaco, mientras el tuerto comenzó a quedarse dormido de nuevo.

Clara se hizo una bola a su lado cayendo pesadamente en la colcha, venía haciéndolo de las últimas semanas y el sidhe ya estaba tan habituado, que ni siquiera se movió. Iba a tener que tomárselo con calma con él,  pero bueno, le sobraba persistencia, tarde o temprano vencería, como siempre.

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